Puedo mirarla de lejos,
soñador y expectante,
admirar la belleza como el maestro me enseñó.
O puede ser real,
estar temblando,
cruzarla en el parque
y que me de besos de tierra y cal,
que no salgan más canciones de mi boca,
que se resequen los dedos que escriben las palabras,
que se endurezcan los huesos
y me quede viendo de lejos,
soñador y expectante,
no poder admirar la belleza
por faltarle al consejo de mi maestro.
Seguramente no lo sé todo.
Igual... ¿serviría?
¿Es la sabiduría de mi maestro
su cotidianeidad?
Quedarme como estatua de sal del mar,
mirándola de lejos
alejarse más.